La alfabetización es uno de los ejes centrales de la acción escolar. Antes que cualquier otro conocimiento, las escuelas existen desde hace muchos siglos para enseñar a leer y escribir. Aunque también se supone que deben enseñar a contar y otros conocimientos básicos cuyos contenidos van cambiando con el tiempo, el centro de la escuela ha sido y sigue siendo la cuestión del dominio del lenguaje escrito.
Hoy hay consenso en que no es lo único de lo que debe ocuparse la escuela. En un mundo donde el libro va perdiendo protagonismo, y donde surgen otras formas de producción y transmisión de la cultura, se empieza a hablar de alfabetizaciones emergentes o múltiples para referirse al conjunto de saberes que se vuelven cada vez más necesarios en nuestras sociedades.
En este dossier, queremos introducir dos nuevos cuerpos de conocimientos que tienen enorme protagonismo en la vida contemporánea: el que rodea al lenguaje de las imágenes y lo audiovisual, y el que surge del uso de las computadoras. Hablar de "lenguaje" no es inocente: supone pensarlos como códigos, y también como formas culturales que deben ser objeto de reflexión y de producción dentro de la escuela. Incluirlos no significa seguir las modas del mercado o de la economía, sino ampliar la porción de la cultura que la escuela pone a disposición de las nuevas generaciones.
Lenguajes en plural.
Inés Dussel
Myriam Southwel
Inés Dussel
Myriam Southwel
La alfabetización en la lectoescritura fue
durante muchos años la tarea central, y casi única, de la escuela. Entendida
como su corazón y su razón de ser, ella ocupaba buena parte de las expectativas
sobre los logros de la escuela primaria. Desde fines del siglo XIX, la
escolaridad elemental amplió esa propuesta para incluir lo que consideraban los
conocimientos básicos necesarios para la vida en sociedad. Estos contenidos
básicos fueron definidos desde diversas perspectivas: contenidos para la
formación moral, contenidos para el trabajo, contenidos para la inclusión en la
sociedad nacional y la ciudadanía, entre otros.
En el último tiempo, empezó a formularse la
necesidad de incluir otros saberes básicos como igualmente importantes para
considerar que la escuela ha cumplido con éxito su misión. Se habla de
alfabetizaciones emergentes, y también de alfabetizaciones múltiples, para
referirse a la adquisición de un conjunto de saberes que abarcan otras áreas.
Entre esas alfabetizaciones, se menciona a la alfabetización digital y la
alfabetización mediática, pero también a la alfabetización ciudadana, la
económica, e incluso la emocional. Algunos critican este uso desmedido de la
metáfora de la alfabetización, y argumentan que ella debería restringirse a la
adquisición y competencia en ciertos lenguajes.
En este artículo, y en las
notas que integran el dossier, nos gustaría referirnos a distintos saberes que
aparecen cada vez como más necesarios. ¿Qué significa hablar hoy de nuevas
alfabetizaciones? ¿Se trata solo de renovar las alfabetizaciones clásicas?
¿Supone solo cambios en el soporte de los textos o también implica otra serie de
destrezas y operaciones? Los saberes considerados indispensables deberían
ampliarse para incluir los saberes, relaciones y tecnologías que hoy son
dominantes en nuestra sociedad, y formar a las nuevas generaciones para que
puedan vincularse con ellas de maneras más creativas, más libres y más
plurales. Creemos que para desandar, aunque sea en parte, la brecha que se
instaló entre la escuela y lo contemporáneo, sería deseable que la organización
pedagógica y curricular de las escuelas se estructurara como un diálogo más
fluido, más abierto, con los saberes que se producen y circulan en la sociedad.
¿Cuáles son los nuevos lenguajes que deberían ser incluidos en la propuesta
escolar, y cómo sería más productivo hacerlo? Sobre estas preguntas
reflexionaremos en las páginas que siguen.
La escuela de las
alfabetizaciones básicas del siglo XIX .
Como sabemos, cada época produce y reproduce cultura, genera crisis de sus expresiones previas, renueva sus formas y echa a andar nuevas posibilidades. ¿Cómo ha resonado esa dinámica propia de la cultura dentro de las paredes de la escuela? A veces la escuela genera culturas nuevas: así lo hizo cuando creó un público lector, un público letrado, a principios del siglo XX, y ayudó a estructurar relaciones, identidades, sentimientos e incluso industrias como la del libro y el periódico masivos sobre esa base. Un hecho no menor en esa dirección es la incorporación masiva de la mujer a la cultura, tanto en su rol de alumna como en el de educadora, primer escalón de un ingreso al mercado de trabajo que transformaría definitivamente a la sociedad y a la familia.
Como sabemos, cada época produce y reproduce cultura, genera crisis de sus expresiones previas, renueva sus formas y echa a andar nuevas posibilidades. ¿Cómo ha resonado esa dinámica propia de la cultura dentro de las paredes de la escuela? A veces la escuela genera culturas nuevas: así lo hizo cuando creó un público lector, un público letrado, a principios del siglo XX, y ayudó a estructurar relaciones, identidades, sentimientos e incluso industrias como la del libro y el periódico masivos sobre esa base. Un hecho no menor en esa dirección es la incorporación masiva de la mujer a la cultura, tanto en su rol de alumna como en el de educadora, primer escalón de un ingreso al mercado de trabajo que transformaría definitivamente a la sociedad y a la familia.
¿Cómo se fue dando la incorporación de las
nuevas formas de producción cultural en nuestras escuelas? En la historia de
más de dos siglos de escuelas elementales y superiores en el país, el diálogo
con la producción cultural que se producía fuera de ella fue enriquecedor pero,
a la vez, casi siempre problemático. Más de una vez en estos siglos, los
cambios tecnológicos, los nuevos lenguajes y lo que producían las vanguardias
artísticas, culturales y políticas era vivido como una amenaza ante las cuales
la escuela debía construir paredes más altas. Un ejemplo de ello puede
encontrarse en las expresiones sumamente preocupantes de educadores como Víctor
Mercante que desconfiaba de avances tecnológicos como la mecanización, los
tranvías eléctricos, como así también de expresiones culturales tales como el
cine, el tango y el fútbol. Constatando que la mayoría de los espectadores de
cine eran jóvenes de entre 12 y 25 años de edad, se preguntaba horrorizado en
1925: "¿Quién abre un libro de Historia, de Química o de Física, a no ser
un adulto, después de una visión de Los piratas del mar o Lidia Gilmore de la
Paramount?". La mayoría de las películas eran, en aquella época, de
cowboys y de amor, cuyos héroes eran, para Mercante, "grandísimos
salteadores y besuqueadores". Todo eso llevaba a que los jóvenes
"solo quieran gozar, gozar, gozar"; por eso, él sostenía que el cine
era una escuela de perversión criminal, y que había que organizar comités de
censura en todas las ciudades para que solo se exhibieran películas
"moralmente edificantes". Su propuesta fue la de establecer comités
de censura en los pueblos, y cerrar las escuelas a los nuevos lenguajes y estéticas.
En un sentido similar,
algunos educadores encabezaron fuertes discusiones acerca de qué podía
considerarse cultura y qué quedaba relegado a lugares menores y despreciados, y
por lo tanto, qué expresiones escritas, visuales o sonoras podían introducirse
en la escuela y podían ser parte del trabajo escolar, y cuáles no. De este
modo, esa escuela fue autorizando determinados saberes, voces, expresiones y
lenguajes y decidió dejar afuera otras formas culturales que luego la historia
fue incorporando dentro del canon de cultura legítima. Lo que debe prendernos
una luz de alerta es que esas formas fueron "entrando por la
ventana", imponiéndose por la demanda social de familias y alumnos, por la
presión del mercado, o por decisiones inconsultas. Quizás esta vez deberíamos
ser capaces de dar una discusión pública rigurosa y profunda sobre cuáles de
estos nuevos saberes deben entrar a la propuesta escolar, y cómo deben hacerlo.
La escuela de las
alfabetizaciones básicas del siglo XIX .
Como sabemos, cada época produce y reproduce cultura, genera crisis de sus expresiones previas, renueva sus formas y echa a andar nuevas posibilidades. ¿Cómo ha resonado esa dinámica propia de la cultura dentro de las paredes de la escuela? A veces la escuela genera culturas nuevas: así lo hizo cuando creó un público lector, un público letrado, a principios del siglo XX, y ayudó a estructurar relaciones, identidades, sentimientos e incluso industrias como la del libro y el periódico masivos sobre esa base. Un hecho no menor en esa dirección es la incorporación masiva de la mujer a la cultura, tanto en su rol de alumna como en el de educadora, primer escalón de un ingreso al mercado de trabajo que transformaría definitivamente a la sociedad y a la familia.
Como sabemos, cada época produce y reproduce cultura, genera crisis de sus expresiones previas, renueva sus formas y echa a andar nuevas posibilidades. ¿Cómo ha resonado esa dinámica propia de la cultura dentro de las paredes de la escuela? A veces la escuela genera culturas nuevas: así lo hizo cuando creó un público lector, un público letrado, a principios del siglo XX, y ayudó a estructurar relaciones, identidades, sentimientos e incluso industrias como la del libro y el periódico masivos sobre esa base. Un hecho no menor en esa dirección es la incorporación masiva de la mujer a la cultura, tanto en su rol de alumna como en el de educadora, primer escalón de un ingreso al mercado de trabajo que transformaría definitivamente a la sociedad y a la familia.
¿Cómo se fue dando la incorporación de las
nuevas formas de producción cultural en nuestras escuelas? En la historia de
más de dos siglos de escuelas elementales y superiores en el país, el diálogo
con la producción cultural que se producía fuera de ella fue enriquecedor pero,
a la vez, casi siempre problemático. Más de una vez en estos siglos, los
cambios tecnológicos, los nuevos lenguajes y lo que producían las vanguardias
artísticas, culturales y políticas era vivido como una amenaza ante las cuales
la escuela debía construir paredes más altas. Un ejemplo de ello puede
encontrarse en las expresiones sumamente preocupantes de educadores como Víctor
Mercante que desconfiaba de avances tecnológicos como la mecanización, los
tranvías eléctricos, como así también de expresiones culturales tales como el
cine, el tango y el fútbol. Constatando que la mayoría de los espectadores de
cine eran jóvenes de entre 12 y 25 años de edad, se preguntaba horrorizado en
1925: "¿Quién abre un libro de Historia, de Química o de Física, a no ser
un adulto, después de una visión de Los piratas del mar o Lidia Gilmore de la
Paramount?". La mayoría de las películas eran, en aquella época, de
cowboys y de amor, cuyos héroes eran, para Mercante, "grandísimos
salteadores y besuqueadores". Todo eso llevaba a que los jóvenes
"solo quieran gozar, gozar, gozar"; por eso, él sostenía que el cine
era una escuela de perversión criminal, y que había que organizar comités de
censura en todas las ciudades para que solo se exhibieran películas
"moralmente edificantes". Su propuesta fue la de establecer comités
de censura en los pueblos, y cerrar las escuelas a los nuevos lenguajes y estéticas.
En un sentido similar,
algunos educadores encabezaron fuertes discusiones acerca de qué podía
considerarse cultura y qué quedaba relegado a lugares menores y despreciados, y
por lo tanto, qué expresiones escritas, visuales o sonoras podían introducirse
en la escuela y podían ser parte del trabajo escolar, y cuáles no. De este
modo, esa escuela fue autorizando determinados saberes, voces, expresiones y
lenguajes y decidió dejar afuera otras formas culturales que luego la historia
fue incorporando dentro del canon de cultura legítima. Lo que debe prendernos
una luz de alerta es que esas formas fueron "entrando por la
ventana", imponiéndose por la demanda social de familias y alumnos, por la
presión del mercado, o por decisiones inconsultas. Quizás esta vez deberíamos
ser capaces de dar una discusión pública rigurosa y profunda sobre cuáles de
estos nuevos saberes deben entrar a la propuesta escolar, y cómo deben hacerlo.
Las alfabetizaciones
clásicas hoy .
El surgimiento mismo de la escuela se consolidó en torno a las tecnologías ligadas a la lectura y la escritura disponibles a fines del siglo XIX: el libro, la pizarra, el pizarrón, el cuaderno, el lápiz. Como muchas de estas prácticas y tecnologías venían de lejos, se favoreció una idea de inmutabilidad de los saberes y unidireccionalidad de su enseñanza. Sin embargo, cabe plantearse si es la misma enseñanza la que debe desarrollarse cuando se trata de trabajar con pantallas, a veces muy pequeñas, y cuando las tecnologías se transformaron radicalmente.
El surgimiento mismo de la escuela se consolidó en torno a las tecnologías ligadas a la lectura y la escritura disponibles a fines del siglo XIX: el libro, la pizarra, el pizarrón, el cuaderno, el lápiz. Como muchas de estas prácticas y tecnologías venían de lejos, se favoreció una idea de inmutabilidad de los saberes y unidireccionalidad de su enseñanza. Sin embargo, cabe plantearse si es la misma enseñanza la que debe desarrollarse cuando se trata de trabajar con pantallas, a veces muy pequeñas, y cuando las tecnologías se transformaron radicalmente.
Por un lado, hay que considerar que en los
siglos XVIII y XIX, la escritura, junto a la pintura y el dibujo, era una de
las pocas maneras de registrar y conservar el saber para su transmisión. Pero
hoy las posibilidades tecnológicas de "capturar" una imagen y hacerla
perdurable a través de la fotografía y el cine/video, de guardar una voz, o de
registrar un movimiento, rompieron ese monopolio. La escritura sigue siendo
fundamental para representar al mundo, para acceder a otros mundos de
significados, para encontrarse con la experiencia de otros humanos y para
acceder a otros cuerpos de saberes, pero ya no es la única forma posible.
La otra cuestión a tener en cuenta en torno
a la enseñanza de la lectura y la escritura es que hoy está organizada por
diferentes supuestos y principios que hace un siglo. Si antes importaba el
manejo competente (el dominio fluido) de la ortografía y la sintaxis,
actualmente hay otros discursos que la configuran. Se busca que los alumnos se
expresen, que se apropien de los códigos lingüísticos, que produzcan textos
propios y que se vinculen a la lengua y literatura de maneras más productivas y
libres.
También se plantea que hay que promover que
los alumnos se acerquen a las situaciones reales de comunicación, se jerarquiza
el lugar de la oralidad y se promueven formas menos rígidas de enseñanza, que
plantean trabajos en grupo, interacciones directas entre los alumnos, y
autocorrecciones o evaluaciones de los pares. La relación con el saber que se
promueve y el vínculo con la autoridad (a través, por ejemplo, de la relación
con las normas lingüísticas, del énfasis que se pone en la ortografía y la
sintaxis, y de las formas de trabajo con el error) son muy diferentes a lo que
se planteaba a fines del siglo XIX. Las "alfabetizaciones clásicas"
hoy implican prácticas y sentidos bien distintos a los que a veces se evocan en
la visión nostálgica de la escuela tradicional. No es suficiente, entonces, con
seguir haciendo bien lo que se hacía hace un siglo: nos encontramos con otros
sujetos, con otras estrategias, y con otras prácticas sociales que demandan
otro tipo de enseñanza.
Una tercera cuestión que se plantea es que
hay que repensar el lugar monopólico de la escritura en la transmisión de la
cultura. La escritura es un "modo de representación", es una de las
formas en que los seres humanos construimos el sentido sobre nuestra
experiencia y nos comunicamos (Kress, 2005). La escritura es un modo
importantísimo de representación, y su aprendizaje es difícil, y debe ser eje
fundamental de la escolaridad; pero no es necesariamente cierto que es el más
completo o el que debe "dominar" a todos los otros, que incluyen a la
imagen, el sonido y el lenguaje gestual o corporal. Esta jerarquización excluyente
de la escritura más bien habla de una sociedad que valora y jerarquiza ciertas
prácticas sobre otras, y que desprecia otras formas de comunicación y de saber.
¿Eso quiere decir que son igualmente importantes, o que la escuela debe
incorporarlas todas al mismo nivel? De ninguna manera. La escritura requiere
una inducción larga y cuidadosa en sus reglas y formas de procedimiento, y la
escuela sigue siendo el mejor lugar para hacerlo (y, para muchos, el único).
Pero también debe reconocerse que ya no es posible sostener que las otras
formas de representación de la experiencia humana no deben tener lugar en la
escuela. Kress propone, acertadamente, reconocer que ninguna forma de
representación es total, ni logra atrapar al conjunto de la experiencia humana
y que si bien la escritura y la lectura tienen enormes beneficios como
prácticas de conservación, producción y transmisión de la cultura, no son las
únicas dignas de enseñarse y de aprenderse masivamente. Unas y otras pueden
potenciarse y beneficiarse mutuamente, expandiendo nuestra capacidad de
expresarnos, de comunicarnos, de aprender sobre nosotros mismos y sobre el
mundo.
Pensar en los "modos
de representación" ayuda también a analizar los medios tecnológicos por
los que se representa. Kress señala que la escritura en la época de la pantalla
tiende a adoptar aspectos de la gramática visual de la pantalla antes que de la
página del libro1 como sucedía hasta hace poco tiempo. Los libros de texto
son buenos indicadores de estos cambios: actualmente, la organización visual de
las páginas de esos libros asume formatos hipertextuales, con ilustraciones,
profundizaciones, resaltados; y muchas veces la escritura viene a cumplir una
función subsidiaria de la imagen -el texto escrito se introduce para explicar y
desarrollar la imagen-, que reacomoda la economía textual de la página. Antes,
la organización de la página no constituía un problema complejo, y se decidía
de acuerdo con las posibilidades técnicas y gráficas disponibles; hoy "esa
organización se ha convertido en un recurso para el significado de los nuevos
conjuntos textuales". Como veremos más adelante, empieza a ser cada vez
más necesario que la escuela proporcione otros conocimientos para moverse
mejor, más fluidamente y de forma más rica y relevante, en los saberes que
proporcionan las nuevas tecnologías, básicamente la computación y el lenguaje
audiovisual. Quizás valga preguntarse: si no es la escuela la que proporciona
estos saberes, ¿quién lo hará? Por ejemplo, ¿puede imaginarse una televisión que
enseñe a reflexionar críticamente sobre sus contenidos, contra sus propios
intereses? Dejarlo librado al mercado, o a las experiencias actualmente
disponibles -que en su gran mayoría están organizadas por pautas mercantiles-
implica renunciar a incorporar otras lógicas, otros plazos, otras
orientaciones.
La alfabetización como
metáfora.
Hablar de nuevas alfabetizaciones, alfabetizaciones múltiples o alfabetizaciones emergentes, requiere discutir también si vale la pena referirse a esos nuevos saberes en los mismos términos que las alfabetizaciones clásicas. Algunos autores (Kress, 2005; Braslavsky, B., 2004) señalan que no es conveniente usar el término de "alfabetización"como metáfora. Kress destaca dos razones: por un lado, que esta extensión provoca una extensión de los supuestos y prácticas de la lectura y de la escritura a otras formas de representación (por ejemplo, la imagen o los gestos), lo que no necesariamente ayuda a ver las profundas diferencias que las estructuran; por el otro, denuncia una especie de "colonialismo cultural" que está dado por la extensión del uso anglosajón de literacy a otros contextos en los cuales las nociones específicas (por ejemplo "alfabetización" en el caso del español) no se adecuan demasiado estrictamente al original inglés. Buckingham (2007), partidario de usar el término, señala que introducirlo implica darles legitimidad a estos saberes, e incorporarlos a un curriculum básico que deben aprender todos los ciudadanos.
Hablar de nuevas alfabetizaciones, alfabetizaciones múltiples o alfabetizaciones emergentes, requiere discutir también si vale la pena referirse a esos nuevos saberes en los mismos términos que las alfabetizaciones clásicas. Algunos autores (Kress, 2005; Braslavsky, B., 2004) señalan que no es conveniente usar el término de "alfabetización"como metáfora. Kress destaca dos razones: por un lado, que esta extensión provoca una extensión de los supuestos y prácticas de la lectura y de la escritura a otras formas de representación (por ejemplo, la imagen o los gestos), lo que no necesariamente ayuda a ver las profundas diferencias que las estructuran; por el otro, denuncia una especie de "colonialismo cultural" que está dado por la extensión del uso anglosajón de literacy a otros contextos en los cuales las nociones específicas (por ejemplo "alfabetización" en el caso del español) no se adecuan demasiado estrictamente al original inglés. Buckingham (2007), partidario de usar el término, señala que introducirlo implica darles legitimidad a estos saberes, e incorporarlos a un curriculum básico que deben aprender todos los ciudadanos.
Sin desconocer las críticas mencionadas,
consideraremos que es más lo que se gana que lo que se pierde en esta adopción
de la metáfora de "alfabetizaciones" para hablar de los saberes
básicos que hoy debe transmitir la escuela primaria. Hablar de alfabetización
permite referirse a la necesidad de aprender lenguajes, y estos lenguajes no
son solamente, ni deben serlo, los del lenguaje oral u escrito. Buckingham
señala que la alfabetización hace referencia a la posibilidad de acceder a un
código o lenguaje y también de comprenderlo y usarlo creativamente. Creemos que
en torno a esas tres acciones (acceso, comprensión y creatividad) podrían
estructurarse contenidos interesantes y relevantes que aporten a la formación
intelectual, ética y estética de los estudiantes.
En este dossier hemos
incluido notas que apuntan a poner en discusión dos alfabetizaciones
"nuevas" que han ido incorporándose al trabajo escolar y tienen aún
un fuerte potencial para seguir profundizando esa incorporación. Por un lado,
Flavia Pascualini y Rosalía Pasini cuentan la experiencia sobre alfabetización
digital llevada adelante en la escuela donde trabajan y Emilia Ferreiro nos
ofrece su reflexión sobre la producción de textos y la interacción con ellos en
las nuevas condiciones de la cultura contemporánea. Por otro lado, nos
ocuparemos de la alfabetización audiovisual o mediática a través de la nota de
Ana Laura Abramowski.
Alfabetizados y
enredados.
Otro punto sobre el que nos gustaría detenernos es el de la relación entre la incorporación de nuevos saberes y la visión que tenemos de lo nuevo, y de los nuevos, en la cultura. Es frecuente que los adultos intercambiemos impresiones acerca de si las operaciones de comunicación, lingüísticas, expresivas, etcétera, que se realizan con el celular, el chat, las weblogs son formatos culturales restringidos o empobrecidos, un uso devaluado del lenguaje, e incluso una deformación que no educa. En estas valoraciones hay distintos elementos. Por un lado, aparece una preocupación por brindar y velar por el acceso a la cultura letrada, que es legítima y se basa en una posición responsable como educadores. Pero también suele haber un cuestionamiento hacia los jóvenes, porque sus modos de vivir en el mundo y en la cultura se perciben distintos al que los adultos creemos recordar que vivimos nuestra juventud. Una mirada frecuente sobre los jóvenes suele verlos como menos creativos, menos cultos, menos lectores, menos políticos de lo que los adultos recordamos haber sido.
Otro punto sobre el que nos gustaría detenernos es el de la relación entre la incorporación de nuevos saberes y la visión que tenemos de lo nuevo, y de los nuevos, en la cultura. Es frecuente que los adultos intercambiemos impresiones acerca de si las operaciones de comunicación, lingüísticas, expresivas, etcétera, que se realizan con el celular, el chat, las weblogs son formatos culturales restringidos o empobrecidos, un uso devaluado del lenguaje, e incluso una deformación que no educa. En estas valoraciones hay distintos elementos. Por un lado, aparece una preocupación por brindar y velar por el acceso a la cultura letrada, que es legítima y se basa en una posición responsable como educadores. Pero también suele haber un cuestionamiento hacia los jóvenes, porque sus modos de vivir en el mundo y en la cultura se perciben distintos al que los adultos creemos recordar que vivimos nuestra juventud. Una mirada frecuente sobre los jóvenes suele verlos como menos creativos, menos cultos, menos lectores, menos políticos de lo que los adultos recordamos haber sido.
Es necesario considerar, como apuntan
algunos especialistas, que la mayor flexibilización de las normas que organizan
la lengua escrita se ha producido en todos los momentos del desarrollo humano
en que se fueron pluralizando las formas de registro de lo escrito. Desde la
oralidad a la escritura, de la escritura sobre tablas a la escritura sobre
papel, etcétera, en todas esas transiciones hubo modificaciones en la norma que
organizó la lengua escrita; y por lo tanto, fue parte del derrotero de su
crecimiento y afianzamiento. Por otro lado, varios siglos atrás, escribir y
leer eran actividades profesionales que llevaban adelante personas que
desempeñaban un oficio específico. Pero la evolución de la sociedad posibilitó
que ya no fuera un oficio que desempeñaban algunos pocos por obligación, sino
una marca de ciudadanía (Ferreiro, 2001) y gracias a ese desarrollo esas
prácticas están hoy fuertemente extendidas entre nosotros. Una mirada a lo
largo de la historia, desde el siglo XII hasta nuestros días, podría listar una
enorme cantidad de "deformaciones" y transformaciones en ese
lenguaje.
En una entrevista incluida en el Nº 3 de El
Monitor, Daniel Link nos recuerda que los chicos y jóvenes jamás se caracterizaron
por el buen uso del lenguaje y que no deberían ser estigmatizados por ello. Las
nuevas tecnologías de la información y de la comunicación y su creciente uso
entre todos los que habitamos este mundo contemporáneo, traen nuevos
interrogantes a la escuela y requieren diversificar aquellos soportes sobre los
que se alfabetiza. Una posibilidad es que la escuela se abra a considerar como
legítimas las formas de lectura y escritura que desarrollan los alumnos y
docentes en tanto internautas, posibilitando la consideración de esas prácticas
que los alumnos llevan adelante en entornos virtuales. Por esos y otros motivos
habría que evitar la actitud de desconfianza o desvalorización de las
interacciones que se producen en los entornos virtuales, ya que ellos implican
el conocimiento de nuevos lenguajes que entran en un capital cultural más
amplio que la alfabetización entendida de modo más clásico.
Otro elemento importante que podría abrirse
con las nuevas tecnologías es la capacidad de crear recorridos y producciones
originales de cada uno de los alumnos. Eso implica pensar a chicas y chicos
como "productores culturales por derecho propio" (Buckingham, D.,
2002:225), lo que tendrá consecuencias tanto en la manera en que encaren su
propio proceso de aprendizaje y su capacidad de proyectarse hacia el futuro,
como en ocupar un lugar distinto como sujetos políticos con igualdad de
derechos. Algunas experiencias realizadas con la creación de páginas web,
instalaciones virtuales o CD muestran las enormes posibilidades que abren estas
experiencias.
Al mismo tiempo, habría que
proponerles espacios para reflexionar, investigar y producir alternativas sobre
quiénes y cómo producen saberes en estos nuevos espacios. No debe ignorarse que
ellos están movidos, antes que nada, por intereses comerciales y empresarios.
La mayoría de los buscadores, por ejemplo, tienen espónsores o publicidades que
orientan en ciertas direcciones y no en otras; nos instalan programas que
juntan información sobre nuestro perfil de consumidores, y buscan interpelarnos
antes que nada como posibles compradores (de bienes o de información). Nuestros
alumnos tienen el derecho, y el deber, de saber en qué se están metiendo cuando
acceden a estos sitios, qué cuestiones se les facilitan y cuáles se obstaculizan,
para decidir cómo y con quiénes se vinculan.
Preguntas por el cómo.
Como suele decirse, lo importante no es la tecnología sino lo que hagamos con ella, lo que enseñemos sobre sus usos y posibilidades, y también sobre sus límites. También es importante pensar en una introducción de las nuevas tecnologías que no las consideren solamente un recurso didáctico que amplía las posibilidades materiales del aula, sino también, y sobre todo, formas culturales importantes de esta época, ámbitos productivos y recreativos de la cultura, la política y la economía contemporáneas, que tienen muchos efectos sobre nuestras propias vidas, las de los docentes y las de los alumnos. En ese sentido, creemos que no es suficiente con "enseñar computación" y los programas de software (como si fueran técnicas asépticas y neutrales), ni tampoco considerar a la internet solamente como una gran fuente de información, sino que deberían sumarse otros saberes, disposiciones y sensibilidades que permitan enriquecer la vida de los alumnos, que los ayuden a plantearse preguntas y reflexiones a las que solos no accederían, y que les propongan caminos más sistemáticos de indagación, con ocasiones para compartir y aprender de y con otros.
Como suele decirse, lo importante no es la tecnología sino lo que hagamos con ella, lo que enseñemos sobre sus usos y posibilidades, y también sobre sus límites. También es importante pensar en una introducción de las nuevas tecnologías que no las consideren solamente un recurso didáctico que amplía las posibilidades materiales del aula, sino también, y sobre todo, formas culturales importantes de esta época, ámbitos productivos y recreativos de la cultura, la política y la economía contemporáneas, que tienen muchos efectos sobre nuestras propias vidas, las de los docentes y las de los alumnos. En ese sentido, creemos que no es suficiente con "enseñar computación" y los programas de software (como si fueran técnicas asépticas y neutrales), ni tampoco considerar a la internet solamente como una gran fuente de información, sino que deberían sumarse otros saberes, disposiciones y sensibilidades que permitan enriquecer la vida de los alumnos, que los ayuden a plantearse preguntas y reflexiones a las que solos no accederían, y que les propongan caminos más sistemáticos de indagación, con ocasiones para compartir y aprender de y con otros.
Es fundamental, por ejemplo, enseñar la
noción de red y su extensión en muchas actividades humanas, y ayudar a develar
las jerarquías, desigualdades y subordinaciones que siguen operando pese a su
apariencia horizontal e igualitaria. También, en este punto, sería interesante
enseñar sobre las transgresiones, sobre la creatividad y la productividad de
muchos emprendimientos individuales o de pequeñas asociaciones que elaboran
otras cadenas de noticias, o de solidaridades, o de creaciones artísticas o sociales.
Es fundamental también hacer lugar a otros conocimientos y experiencias que
circulan en internet, o que se almacenan en CD, estudiando por ejemplo cómo
cambia el conocimiento cuando se archiva en uno u otro formato, discutiendo qué
se transformó de las viejas bibliotecas de papeles a las nuevas formas
virtuales, e indagando sobre las posibilidades y los límites que ofrecen los
buscadores actuales para rastrear información, experiencias, relatos; ayudarnos
a pensar qué encontramos y qué no encontramos con esos buscadores, y pensar
criterios con los que leer y organizar (poner en relación, dar sentido,
interpretar) aquello que hallamos. Podemos proponernos, también, estudiar los
videojuegos: las estrategias que proponen, sus formas de producción, sus narrativas,
sus presupuestos epistemológicos y políticos. Podríamos proponernos estudiar
con nuestros alumnos, con menos prejuicios pero sin celebrar acríticamente todo
lo nuevo, qué emociones y sentimientos movilizan, qué sociabilidades se
establecen, qué estrategias resultan exitosas y por qué, y qué otras formas de
interacción podrían proponerse.
También sería interesante ponernos y poner a
nuestros alumnos a investigar acerca de usos diferentes de las nuevas
tecnologías en distintas regiones, sectores sociales, y distintos países, que
los ayuden a reflexionar sobre los condicionamientos económicos, culturales,
geográficos, políticos y sociales que tiene la relación con la tecnología y que
no se dejan simplificar en la presencia o ausencia de una máquina (Snyder y
otros, 2002). Esa indagación también les daría una experiencia valiosa acerca
de las diversas maneras de ser niños o jóvenes en distintas sociedades, en
distintos sectores sociales y hasta en distintos barrios o circuitos
socioculturales.
Creemos que es fundamental que las escuelas
propongan una relación con las nuevas tecnologías de la comunicación y la
información significativa y relevante para los sujetos que las habitan. Las
nuevas alfabetizaciones deberían ayudar a promover otras lecturas (y escrituras)
sobre la cultura que portan las nuevas tecnologías, que les permitan a los
sujetos entender los contextos, las lógicas y las instituciones de producción
de esos saberes, la organización de los flujos de información, la procedencia y
los efectos de esos flujos, y que también los habiliten a pensar otros
recorridos y otras formas de producción y circulación. En la búsqueda de
respuestas, seguramente la enseñanza se convertirá en algo más interesante y
más valioso. Y es en esa búsqueda donde podemos intentar aproximar el mundo de
la escuela y la sociedad contemporánea, desde lugares intelectualmente más
productivos y políticamente más auspiciosos que los que produce hoy la
irrupción de la crisis y la fragmentación social. Todo ello hace a la relación
con el saber, con la lengua, con los otros, con el conocimiento acumulado; y
hace a nuestro lugar en una sociedad humana que se forma de muchas herencias,
lugar que debería permitirnos dejar una huella propia para que otros la retomen
más adelante

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